En
estos últimos años se viene produciendo un fenómeno bautizado como “la fiebre
del Póker”. En el imaginario colectivo aún pervive la visión del jugador de
Póker en el Salón del lejano Oeste con el whisky en la mano, el puro,
revólver preparado y alguna cantinera de voluptuosas curvas. Por ende,
permanece la imagen negativa asociada a este juego.
Sin
embargo, en estos últimos años se ha producido una metamorfosis. Los responsables
de este cambio de look son en primera instancias las grandes casa de apuestas
y casinos on-line que han proyectado un prototipo de jugador muy alejado
de aquella imagen de timbas clandestinas rodeados de humo y alcohol. Surge así
el jugador entre 20 y 40 años ataviado con un kit básico compuesto
principalmente de gorra, gafas de sol, y auriculares. Jóvenes entre los que
la mujer se va introduciendo paulatinamente. Aparacen paradigmas alejados de lo
que conocemos por azar, califican al Póker como un juego probabilístico, un
juego de estrategia matemática. Ya no son personas que únicamente buscan una
dosis de emoción, sino personas de nivel y formación académica alta, y si no,
cuando menos, personas capacitadas para no dejar al azar sus decisiones.
